Colaboradores Ellen Maria Vasconcellos

A esponja, de Fabio Morábito // Tradução de Ellen Maria Vasconcellos

Foto: Divulgação.

Fabio Morábito é um poeta nacionalizado mexicano, nascido em 1955 em Alexandria, no Egito, de pais italianos. Viveu em muitos lugares da Itália, também em Berlim, em Buenos Aires. Ouvi-lo, portanto, é toda uma experiência sonora estrangeira, que nos leva a muitos lados do mundo e também para dentro de nós mesmos. Ganhador do Prêmio Roger Callois (2019), Xavier Villaurrutia (2018) e Antonin Artaud (2006), Carlos Pellicer (1985), entre outros, por suas obras de poesia, contos e romances, a literatura de Morábito ganha o mundo em espanhol e também em traduções ao inglês, alemão, italiano, francês e português. Além disso, Morábito é ensaísta e crítico literário, e tradutor do italiano: Giuseppe Ungaretti, Cesare Pavese, Eugenio Montale, entre outros. No Brasil, por enquanto, só seu livro infantil “Quando as panteras não eram negras” foi publicado, pela Editora 34.


La esponja

Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se crujan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelta irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de terror, pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es aerifica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que, como indicó Bachelard, es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.

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A esponja

Se em um plano rabiscamos um certo número de corredores e galerias que se cruzam e se comunicam, obtemos um labirinto. Se este labirinto o conectamos com todas as suas partes, as de cima, as de baixo e as dos lados, outros labirintos, quer dizer, outros planos de corredores e galerias, obtemos uma esponja. A esponja é a apoteose do labirinto; o que no labirinto é ainda linear e estilizado, na esponja se tornou irrefreável e caótico. Na esponja, a matéria galopa para fora, repelente a qualquer centro. É dispersão pura, rizoma. Imaginemos uma manada de animais que fogem do ataque de um felino e, dentro dessa manada, a um grupo de indivíduos situados já muito longe da fera, mas, não por isso, menos aterrorizados. Essa porção de manada marginal, mas não periférica, invadida pelo horror, embora relativamente a salvo, é uma esponja, misto de delírio e invulnerabilidade.

É essa mistura o que nos faz sentir que a esponja é a ferramenta menos dona de si mesma, a mais exterior, a que não guarda nada e a mais nirvânica. Suas milhares de cavidades e galerias são como a desagregação que, em qualquer acesso, precede a pulverização final; sua assombrosa falta de peso é já um princípio de queda e ausência. Diante disso, a leveza de uma pluma de pássaro tem escasso mérito; está relacionada demais com sua pequenez; é uma leveza que se constata, mas que não surpreende. Já a da esponja, não obstante, é uma leveza heroica.

Essa ligeireza é prova de sua total disponibilidade e entrega. Inclusive, de tão extrema, essa entrega parece ganhar a forma de uma rapacidade insaciável. A esponja chupa e absorve, no entanto, não tem nenhum receptáculo, fora dela mesma, onde guardar o absorvido. Não tem aparelho digestivo. Não processa nada, não retém nada, não se apropria de nada. Todavia, é capaz de emprestar-se até sua última parte. Para que? Nem ela sabe. Por isso não fala, confabula. A água a invade, como uma consigna que ninguém entende, mas que todas as suas galerias repetem com apuro, propagando-a como um incêndio. Nenhuma boca emudece. A esponja é aerada. Daí a facilidade que é penetrá-la por cima e por baixo, adentrar até em seus ínferos meandros e descobrir todos os seus segredos. Basta tornar-se água. E quem não se torna água diante de uma esponja?

Olhemos para o homem, que tem uma esponja na mão. Como a manuseia e a observa; está mimando, mesmo sem querer, os movimentos da água. E a água não se descobre nunca tão dona de sua expressão, de sua voz, como quando está dentro da esponja. Como indica Bachelard, sua principal função, que é cair, encontra na esponja, nesse cenário concentrado e tangível, uma experiência cabal de todos os ofícios e afazeres, como em um laboratório. O que faz a esponja com suas mil ramificações é frear a queda d’água para que a água se nomeie a si mesma sem dificuldade, limpa e humanamente. Na esponja, a água recobra fugazmente a forma de mãos e pés, tronco, dedos e juntas, ou seja, um germe de autoconsciência, e volta a ser si mesma depois de cumprir com uma tarefa concreta: escudrinhar a fundo, sem equívocos nem esquecimentos, um corpo que permanecia seco. Plenitude não só da água, mas também do amor.

Poucas coisas são, pois, tão de cabo a rabo, como a esponja. É o anonimato em sua forma mais pura. Não tem pouquidade, quer dizer, hábitos, manias, reincidências, calosidades, endurecimentos. Seu desenho capilar é equânime, não há aí obstruções nem tampouco vias rápidas, atalhos ou brechas; cada membrana ou cartilagem participa com a mesma intensidade na atividade em comum. É como se a matéria, de uma vez, tivesse renunciado a qualquer acúmulo de força em algum ponto, a menor superposição de resíduos; como se tivesse se empenhado em fracionar o menor sinal de gânglio, de fulcro ou de nervo; como se através de tortuosos cálculos, rodeios, idas, voltas e conferências incessantes tivesse acabado com toda adiposidade e inércia e teimosice; com toda estupidez. Resultado: uma matéria ágil e desperta, recorrível e pronunciável. E algo mais: uma matéria sem poder, ignorante no sentido mais puro, não alheia à emoção.

A metade da metade da metade, eis aqui a pequena lei que rege à esponja. Uma lei que a esponja se compromete a cumprir com uma obstinação e um rigor admiráveis, e que quer dizer, sem mais delongas, a partida a um centésimo, a um milésimo ou a uma medida que seja a devida para neutralizar qualquer tentativa de sedimentação, de incorporação, de patriarcado. Sendo que seu furor é a confabulação e a farra, a lubrificação e a fluência, o que necessita são bifurcações e desvios, e desvios de desvios, tudo a metade da metade, tudo em rotação, tudo feminino, tudo instantâneo.

Daí sua vocação de filtro, de destilante. O filtro, como bem se sabe, é uma queda freada ao milésimo, uma ferramenta de dissuasão; dissuade freando e mareando. É um interrogatório. A culpa, que é sempre um saque, uma carga ilícita, fica, por fim, em evidência e neutralizada na forma de grumo. O que permanece é a essência, a pobreza inicial, pois um filtro não é outra coisa que uma viagem a contrapelo, em busca de um começo perdido. É, pois, um recordatório, talvez uma confissão. E, paradoxalmente, a esponja é a expressão da desmemoria: não admite somas nem acúmulos. É franciscana. E outra coisa: tem temperamento atlético; não pode permitir que nada se esfrie, que envelheça. Assim, ainda que não queiramos, cada vez que esprememos uma esponja, nas cartilagens e tendões de nossa mão se insinua o secreto desejos, que nunca nos abandona, de recobrarmos profundamente, de ser outros, disponíveis e ligeiros, como no primeiro dia. Pois não cabe dúvida de que no primeiro dia éramos simplesmente isso, uma esponja.

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Ellen Maria Vasconcellos nasceu em Santos e mora em Brasília. É doutoranda em literatura hispano-americana na USP (estuda as representações do fim do mundo e as formas de sobrevivência diante da iminência do fim), é editora de didáticos em inglês e espanhol, e tradutora (literatura: e-galáxia, ed. Moinhos, etc.; artigos e ensaios: MASP, CULT, etc.). Também é autora dos livros de poemas Chacharitas e gambuzinos (2015, edição bilíngue) e Gravidade (2018), ambos publicados pela editora Patuá. Tem seus textos acadêmicos e literários publicados aqui e acolá. Site: https://ellenmartins.wixsite.com/home Contato: ellen.martins@hotmail.com

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